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Cuba, una historia de necrológicas

Actualidad

Reconozco que en Cuba habita una clara predilección, obsesión, delirio e inclinación por la muerte. Este rasgo ya endémico resulta muy difícil de esconder o extirpar de nuestra sensibilidad. Si naciste aquí después de 1960, ese Patria o muerte lo llevas tatuado en tu memoria.

De mi etapa de pionera guardo el claro recuerdo de una procesión colectiva, el peregrinar uniformado y húmedo cada 28 de octubre hasta playas, ríos, charcas, bañaderas o palanganas escolares, para hacernos un poderoso ebbó, limpieza, despojo, ofrenda de flores semejante al ritual que reverencia a Yemayá, evocación nacional por la muerte de Camilo Cienfuegos.

A través de la televisión recibimos esa visión enfática, reiterativa del Che muerto, con música luctuosa de fondo. ¿A quién le resultaba necesario recordar enfáticamente al hombre vencido, desplomado, inerte y con los ojos en blanco? Esa imagen, casi siempre transmitida de noche, era recurrente en mis pesadillas de infancia, hoy para mí la primera imagen de un muerto es la de Guevara, a quien jurábamos fidelidad cada mañana: “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!” y por supuesto nunca logré verlo como un ser vivo.

La muerte es también, para nosotros, una banda sonora esencial en nuestras vidas. Las grandes canciones de amor, la poesía recitada, cantada y documentada tratan de amor, guerrilla, muerte y batalla. Sigo tarareando y citando estos versos como parte de nuestro patrimonio. Nuestros primeros amores, el despertar sexual, los hallazgos, las pérdidas y los reencuentros se ubican bajo las notas de estas antológicas canciones de la Nueva Trova. Quien lo niegue caerá en una trampa de su memoria.

Los actos de repudio del Mariel otorgaron patente ideológica para moler a palos física o socialmente a familiares, vecinos, amigos y colegas en esa muerte lenta que hoy sigue sostenida en el aire sin encontrar culpables. Con apenas 10 años, aprendí que pegar a quienes deseaban abandonar el país, era aquí una señal de patriotismo, lealtad y carácter.

Durante la invasión norteamericana a Granada, el 25 de octubre de 1983, el Noticiero Nacional de Televisión explicó al pueblo de Cuba que todos los cooperantes cubanos en ese país decidieron inmolarse por la patria envueltos en una bandera cubana. Horrorizada, e intentando figurar la tragedia, pregunté a mi madre:

– ¿Mami, de qué tamaño será esa bandera?

El 6 de diciembre de 1989 ocurrió el traslado de los restos de 2.085 soldados que cumplían misiones militares y 204 civiles, mujeres y hombres, caídos en acciones o combates, para darles sepultura en el Panteón de los Caídos de varios municipios del país. Los medios de difusión transmitieron durante días el proceso de exposición de aquellas cajitas de madera con las cenizas de los combatientes de Angola. Aquello no era un ritual religioso del panteón afrocubano, sino nuestro modo de acomodar esos muertos en nuestro imaginario colectivo. Muchos de nuestros familiares llegaron reducidos a cenizas. Sobre el verdadero por qué de nuestra presencia en esa guerra de África nadie habla.

Hace ya treinta años, en el caluroso verano de 1989, se transmitió por Cadena Nacional de Radio y Televisión una secuencia de juicios a militares de alta graduación. Los oficiales protagonistas de esta serie resultaban desconocidos para mí y para gran parte del pueblo. El carisma y aplome del general de división Arnaldo Ochoa ganó a quienes no sabían que se trataba de un héroe de la República de Cuba, fusilado pocos días después junto al coronel Antonio de la Guardia, Jorge Martínez y Amado Padrón. Esto marcó un punto y aparte a la entrada de mi primera juventud. Había que ser cauto, la muerte andaba suelta y no respetaba ni rango ni biografía. Como en los primeros años del triunfo revolucionario, se utilizó la muerte como escarmiento.

Convives cotidianamente con mensajes de odio emitidos en privado o plasmados en artículos de prensa plana, radio y televisión, firmados o no, tras la muerte de un expresidente, funcionario, diplomático, figura intelectual, ciudadano cubano o extranjero divergente, enemigo frontal o en simple desacuerdo con cualquier suceso acaecido en estos largos sesenta años. No importa la afección del extinto, por terrible que sea su final se lleva tres castigos: su muerte, el odio y el silencio. Para ello existe un ejército de mediocres entrenados en ejecutar la deshonra. Así ocurrió y sigue ocurriendo con la muerte de autores como Reinaldo Arenas, Cabrera Infante o Heberto Padilla. Primero los desaparecen en vida, luego les niegan el correspondiente ritual de un texto a la altura de su memoria. ¿Esperan entonces los que han celebrado estas defunciones en público o privado que sus epitafios y obituarios sean mejores?

Tanto en Cuba como en el extranjero he tenido que abandonar varias mesas al escuchar horrores sobre personas desaparecidas, aquí o fuera, seres respetables de nuestra cultura o sociedad. No importa la inclinación ideológica del extinto, en temas políticos los cubanos no entienden, no hay diálogo. Cuba es igual a política, sobre todo ante la muerte.

El fallecimiento de la madre de la gran cantante cubana residente en Miami, Celia Cruz, no conmovió a las autoridades cubanas de entonces que pisotearon el dolor de la artista, su familia y seguidores, impidiéndole regresar para asistir a sus funerales. Este no es más que uno de los miles de casos que hasta hoy acontecen. La muerte continúa siendo para algunos una forma de secuestro. Tus padres o hijos son rehenes: pórtate bien.

Como todo acto tiene su consecuencia, desde Miami, por sus canales locales e internacionales, se transmitió en vivo y en directo el festejo por la muerte del Comandante en Jefe Fidel Castro ocurrido a lo largo y ancho de la calle Ocho.

El llamado Periodo Especial, la crisis de los balseros de 1993, el hundimiento del Remolcador 13 de Marzo (1994) y los fusilamientos posteriores marcaron a miles de familias que perdieron a sus padres, hijos, abuelos y nietos en medio del mar. Personas de las que jamás se supo y tal vez perecieron ahogados, comidos por un tiburón o derribados por la guardia costera.

Para nadie es un secreto la parquedad intrínseca con la que los jóvenes cubanos formados por maestros emergentes en la década de los noventa se toman el deceso de figuras políticas históricas que paulatinamente van dejando de existir. Las calles, escuelas, cooperativas y hospitales llevan nombres de héroes, ellos transitan por estos lugares ignorando la leyenda. Si te fracturas el brazo vas al hospital Fructuoso Rodríguez, pero muy pocos conocen la historia de este mártir. Hace dos semanas, regresábamos de la playa tras la celebración del cumpleaños número nueve del hijo de una amiga. El niño, al escucharnos contar anécdotas sobre los largos discursos del comandante, nos preguntó curioso: “¿Y quién es Fidel?”.

La desacralización de este proceso se debe al constante abuso del recurso en todas sus variantes. La defunción se ha usado aquí de modo solemne, crudo, irónico, tedioso, aleccionador. Ante esta evidente saga de manipulaciones las nuevas generaciones tomaron distancia. La muerte física y social, la desaparición de cualquier figura política por destitución, la posibilidad, siempre latente, de ser invadidos, la construcción de túneles populares, nuestra exigente preparación militar. Todo cubano debe saber tirar y tirar bien.
Las consignas impresas sobre enormes vallas invitándonos al sacrificio masivo ( “Será mejor hundirnos en el mar / que antes claudicar / la gloria que se ha vivido”), las movilizaciones, concentraciones y el diario ejercicio diario de resistencia agotaron nuestras cuotas de credibilidad. Se rompió la distancia real entre la vida y la muerte.

Bregamos con las pérdidas familiares, las aceptamos con resignación, crecemos despidiéndonos de los seres queridos, pasamos la página con rigor y aprendemos a vivir con la despersonalización del semejante convertido en enemigo. Después de todo, por qué tendrían los más jóvenes que tratar a un muerto, sea quien sea, de modo excepcional. La muerte necesaria, la muerte como salida, la muerte en nuestro adoctrinamiento es una forma de vida eterna. Nuestro himno nacional reza: “(…) no temáis una muerte gloriosa/ que morir por la patria es vivir”. Hoy resulta evidente ver como la nueva hornada de cubanos se resiste a cooperar con nuestra necrología histórica.